Paradas ruteras: el Bar Córdoba, en La Rioja

Retomando nuestra Guía apetitosa del país, a la que siempre volvemos porque se actualiza todo el tiempo, recordamos algunos de los mejores lugares para comer en el país, y arrancamos con uno poco conocido donde una familia prepara empanadas incomparables desde hace décadas. Tomen nota y planifiquen su próximo viaje rutero con esta posta en el GPS.


texto y fotos MÁXIMO PEREYRA IRAOLA

 

¿La Rioja es el norte? Se discute; algunos mapas y Wikipedia la ubican en el Noroeste, otros dicen que es específicamente cuyana, y en realidad no importa. Lo cierto es que tiene mucho de Cuyo, tiene mucho de Norte, y si van para esos lados bien vale recorrerla. En el camino, ya que están, hagan una escapada a Sañogasta con el único propósito de comer las empanadas del Bar Córdoba.

En una de las tantas curvas de la calle que atraviesa este pueblo, en mi opinión el más lindo de toda la provincia, hay un bar. Difícil pasarlo de largo. Está a más o menos un metro y medio de altura sobre la calle, tal vez resabio de tiempos de deshielo y ríos furiosos, tal vez no, y tiene un cartel redondo, negro y con letras de colores que dice Bar Córdoba. El mismo de toda la vida. El movimiento real del bar, se podría decir, está en las dos o tres mesas de la elevada vereda, que por su techito vale llamar galería. El bar en sí, adentro, es medio tristón, pintoresco si quieren: oscuridad, heladeras medio vacías, pósters viejos, parafernalia de Boca, una mesa; pero es que esto es en realidad una casa, y ahí radica toda la magia de esta institución atendida desde siempre por Doña Berta y su familia.

Hacen cosas rápidas como sándwiches de milanesa (creo), cada tanto humitas (tengo fotos pero no las encuentro), locros (que no sé si probé de ahí), alguna que otra cosa, y las empanadas. Viví muchos años en Nonogasta, a menos de diez minutos de Sañogasta; y muchos otros a unos 20 minutos adicionales, en Chilecito, donde la influencia de una importante inmigración sirio-libanesa hizo que las empanadas árabes sean buenísimas y ocupen un puesto muy alto en mi ranking empanaderil. Sin embargo, mantengo firme mi postura de siempre, que comprobé infinitas veces que no está manchada por la nostalgia ni fue modificada por las miles de empanadas increíbles que comí en otros lares: estas son las mejores empanadas del país. Fritas en grasa, chiquitas, jugosas, con papa, elaboradas de la misma manera desde hace décadas por manos que deberían ser patrimonio cultural. Son gloriosas. Aunque la fritura engañe, no son pesadas en absoluto, y cualquiera se puede bajar una docena sin darse cuenta. De hecho, antes de mudarme a Buenos Aires pensaba que lo normal era pedir entre 6 y 10 empanadas por persona, algo que el bolsillo no tardó en modificar. Culpo al Bar Córdoba. 

Vamos siempre por las empanadas, que entregan en cajas de cartón de algún vino servido hace tiempo, o en bolsas de papel, pero nos quedamos por la mística: siempre parecen sorprendidos de que caiga gente, abren su jardín a quien quiera pasar y sentarse a comer abajo de la higuera (con actitud de no entender bien por qué alguien querría comer ahí, aunque se supone que está abiertamente disponible al público) y a veces hay que avisarles con tiempo, para que se preparen y retrasen, si hace falta, la siesta. El baño es el de la casa, entre los cuartos. A los ojos del turista citadino, es casi un restaurante a puertas cerradas, pero de restaurante no tiene casi nada, y de puertas cerradas menos. La familia de Berta te hace sentir como en casa, pero no como en tu casa, sino como en la de ellos, porque eso es lo que está pasando. Nunca probé, pero estoy bastante seguro de que si alguien se tira a dormir una siesta en una cama, sin avisar ni preguntar, como mucho le van a bajar la persiana y taparlo con una frazada.

Lejos, lejísimos de las pretensiones, con un jardín cuidado y salvaje que es casi un museo al aire libre o una chatarrera chic que en Palermo gastarían miles de dólares en intentar recrear, Doña Berta y su familia parecen estar más que conformes con lo que son: uno de los poquísimos espacios gastronómicos (y me da gracia decirlo así) del pueblo, seguramente el más longevo, bien conocido por los lugareños y adorado por quienes fuimos cayendo de afuera y sentimos haber descubierto un diamante en bruto. Unos amigos de mis viejos, cuando se casaron, sirvieron las empanadas del bar en la fiesta. Los invitados, fascinados. Cada tanto alguien hace el comentario, muy porteño, de “esto si quisieran lo podrían re explotar”, y se le pide silencio: la gracia está en, justamente, el ritual de preguntar dónde está la mesa para llevarla al jardín en grupo, con las sillas a cuestas, y armarla donde dé la sombra; en recibir las empanadas en una de las bolsas o cajas de las que hablé antes, con alguna botella de agua o cerveza, los vasos, y un rollo de papel de cocina. Así nomás. Un detalle entrañable: adentro, en la parte bar del bar, hay un cuadro con un chimpancé que cuando yo era chico, e imagino que hasta hace no muchos años, decía "Yo voto a Carlos Menem". En algún momento decidieron cambiarlo, por incomodidad, por desencanto o para bromear con el propietario, y ahora dice "Yo voto al Negro Córdoba". Amor puro.

Todos tienen su empanada preferida, la que aseguran es la mejor, y nada tengo contra la cultura de empanadas de Salta, de Santiago del Estero, de Tucumán: me han dado grandes alegrías, manchas en pantalones y remeras que cargué con orgullo, combinaciones con y sin papa, con más y menos comino, picantes y no tanto, con aceitunas, con pasas, con cachos enormes de huevo duro (que, perdónenme, dejé con disimulo en la servilleta; gustos). Ni siquiera puedo decir que las empanadas riojanas en general sean las mejores, porque en mi experiencia no lo son. Para generalidades tiro hacia el lado de Salta. Como sea, las quiero a todas, gracias, pero cuando me tiento de empanadas de carne pienso solamente en las de Sañogasta, que con suerte puedo probar una o dos veces al año. 

 

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BAR CÓRDOBA
Calle principal s/n, Sañogasta - La Rioja, Argentina
+3825-495101
Horarios: Preguntar, aunque mucho no importa.





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