La columna vinófila: La filosofía del buen beber

Todos los terceros jueves de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía. Por eso, con el mayor de los respetos, en Cuisine se nos ocurrió conectar la teoría de Hume con el placer del buen beber. ¿Es un plan ambicioso? Claro que sí, pero todo sea para que vean que no solo somos unos borrachines.

por ANA PAULA ARIAS


David Hume fue un filósofo escocés del siglo XVIII que postuló una teoría empirista que vincula al conocimiento con la sensibilidad. Es decir que todo conocimiento proviene de una experiencia sensible. No hay cosas bellas o feas, o, para el caso, vinos buenos o malos; hay, sobre todo, sentimientos a través de nuestras vivencias, que van forjando nuestro gusto.

Aunque es cierto que Hume habla básicamente de la estética y de la ética, nosotros hacemos filosofía apócrifa sin culpa. Y te lo afirmamos: la obra y la acción de las que se desprenden nuestras emociones pueden ser tranquilamente las que están en una cena con amigos o en un descorche inesperado, a mitad de semana. Esa emoción que surge a partir de un momento va a ser la que determine el gusto por lo que probamos. ¿O no te pasa que en vacaciones todo es más rico o, al revés: un buen vino te hace sentir como si estuvieras de vacaciones?

Entonces, ¿todo es subjetivo? ¿Tooodo lo que probamos está viciado por una impresión personal? Hume le va a dar una vuelta de tuerca a esta noción y en su ensayo Sobre la norma del gusto (1757) va a proponer la  idea de que el gusto puede ser normalizado y perfectible. Un concepto potente, que va en sintonía con lo que siempre tratamos de comunicar en el mundo del vino. Algo así como: todo bien con “sobre gustos no hay nada escrito”, pero también es cierto que mientras más probás, más conocés y menos prejuicios tenés.

Una cosa no anula a la otra, porque son dos caras de una misma moneda: lo realmente emotivo que subyace en el buen beber no cancela el refinamiento de un paladar experimentado. Pero eso no quiere decir que las diferencias sean innatas; no hay quien nace con un gusto más refinado que otro. Para Hume hay formas cultivarse: la práctica (si te gusta el vino, ¡pues tomá mucho vino!), las comparaciones (para saber qué estilo te gusta más, qué cepas y qué bodegas, bah… lo que te decimos siempre) y la eliminación de prejuicios (prohibido decir “el vino blanco no es vino”, o cosas por el estilo).

Como no se usaba ser políticamente correcto en su época, una vez el filósofo dijo: “aunque los hombres de gusto delicado son raros, son fácilmente distinguibles en la sociedad por la corrección de su comprensión y la superioridad por encima del resto de la humanidad”. Y vos, tomándote ese vino, sin saber que estabas conectado con la créme de la créme del empirismo europeo, ¿qué me contás?

Nos pone muy felices rescatar la filosofía de Hume para darte un pretexto más para prestarle atención a tu propio paladar y distinguir lo que verdaderamente te encanta. 


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